miércoles, 12 de enero de 2011

Plena estación (Haikú)

y vibran hojas
el viento lee atento
estación plena

Iluminada (Haikú)

iluminada
es el sol quién te mora
huye la noche

Haikú

el suave viento
cantará su dueto en vos
la rama sueña

martes, 19 de agosto de 2008

MIRADA


De pronto me asalta a la vista esa imagen ya olvidada, atemporal y polvosa en ese mismo espejo que me refleja junto con esa habitación y puedo estar seguro de que me ha visto muchas veces, con ese rostro mío pero en diferente forma y en distintos sueños. La mirada distinta y apagada, y que el día de hoy verá por última vez mí cara, para ser mañana la de alguien que no conocemos.
Ahora conozco el ridículo aspecto de todos los fantasmas.

martes, 17 de junio de 2008

Sintaxis

I listen for your footsteps
Coming up the drive
Listen for your footsteps
But they don't arrive
R.S.
Primero fue el Verbo, según dicen aquellos que interpretan sus propósitos, mas no fue el que esperaban todos y, aquella primera comunicación en línea directa con el motor primero de la existencia resultaba intensamente ambigua: “Crean” era en concreto lo que esa palabra expresaba a los hombres y a todas las criaturas, en la forma del verbo.

De inmediato surgió entre todos los seres la polémica de la interpretación de la palabra que dio el primer aliento al universo; unos decían que el verbo era una invitación a creer, en concreto en el infinito poder de la palabra, en la sabiduría y eterno amor del creador. Conjugada según esa interpretación: yo creo, tú crees, el cree, etc., en ese ser omnisciente y perfecto.

Antítesis de la primera interpretación, era que el verbo era un recordatorio encontrado en las fuerzas impersonales del cosmos que crean la vida tal como la conocemos, además de ser un recordatorio de esa fuerza ciega de la primera explosión en el vacío, interpretada exclusivamente por la especie humana, recalcando su naturaleza de origen y destino, el crear: él crea, ellos crean, ustedes crean, etc. en la vacuidad que lo es todo.

Otros más dicen que la verdad a la interpretación del verbo está a la mitad de ambas posiciones, o bien que no hay tal verdad y que todo es simplemente una cuestión de sintaxis. La polémica aún no se ha resuelto.

jueves, 7 de febrero de 2008

ALGUIEN QUE NO CONOCEMOS


Ella dijo, “yo sé lo que es estar muerta
Yo sé lo que lo que es estar triste”
Y me está haciendo sentir como si nunca hubiera nacido.
J.W.L

Es preferible nunca haber visto la luz del día, o no haber hilado jamás una sola idea de individualidad, y más aun cuando esto significa olvidar y aprender continuamente el lenguaje secreto del cosmos, cifrar todos los secretos velados a la inteligencia y arrinconar nuevamente los colores redescubiertos que la vista ha perdido en la resaca continua de vigilias. Estoy destinado a las muertes perpetuas, y a olvidar aquellos secretos que no han sido pensados, a desconocer aquellos que seré y a vivir ese sueño ya visto muchas veces durante la noche, y aún durante el día, vívido y real, es decir, tan real como puede ser un sueño.

El tener al frente la copa final, la bebida que contiene esencia de muerte, saber que los anhelos de ser, nunca podrán ser saciados, que el rostro se descompondrá, y que aún cuando es tu mano la que lleva la bebida a tus labios, no la podrás detener por la inmensa curiosidad que te da el saber que morirás en un sueño, y que despertarás, sobresaltado tal vez, y que encontrarás una forma nueva cuando saltes de tu cama. Es la atracción que tiene en todos nosotros los abismos y el pequeño momento en el que imaginas tu fin.

Ahí está esa calle, demasiado insulsa para ser parte de un sueño, ese suelo polvoriento y sucio, y la gente esperando para llegar a su destino a concluir sus jornadas sin sobresaltos. Es el camino de todos los atardeceres; el del andar por esa calle con la cerca descuidada y enmarañada de hierbas secas y vueltas a crecer. El inrrenunciable encuentro y su previo caminar para encontrar la espera desconfiada y a la vez fija en el sueño de esa mujer que se acerca por primera ocasión y que sin embargo ya conoces. Con esas ropas extravagantemente aderezadas y con exagerado y artificial rubor en la cara y sus cabellos rojos fallando en su intento de esconder una cabeza llena de canas y desaliñada.

Ver su rostro nuevo y conocido a la vez, que primero parece fingir confusión, para después pasar a la franca emoción, y correr hacia mí tratando de poner sus delgados y marchitos brazos por sobre mis hombros, gritando un nombre que al principio no alcanzo a distinguir, y que finalmente resulta no ser el mío, por lo menos no en ese sueño, y sin embargo no me sorprende no recordar mi nombre real, ni el hecho de actuar en el sueño a ser alguien que no conozco.

Confuso y apenado detengo sus delgados y fláccidos brazos y le explico que su emoción no se justifica, ese no es mi nombre, ni soy la persona que cree que soy. Sonríe y me recrimina mi falta de tacto, me dice que me ha esperado todas esas tardes de varios días. Comienza a sollozar y se cuelga de mi brazo mientras la encamino a la reja crecida de ramas secas y vueltas a florecer, esa vivienda que en tanto corresponde con la apariencia de la anciana y que resulta ser su casa. Me hace prometer que me quedaré y que no me iré más.

Su mirada tiene algo tristemente familiar en mí, como el recuerdo de una vieja actriz de cine mudo o tal vez es la inflexión suplicante en su voz lo que me despierta sensaciones conocidas, como ese llanto por lo bajo que en ciernes intenta aliviar el dolor del muerto fresco. No puedo ir contra su voluntad y en el zaguán busco a aquella a persona que sé debe cuidarle y acompañarla. Ayudo a la anciana a abrir la reja y mientras entra yo hago una breve reverencia para seguirla al interior. Me recibe una sala espaciosa cubierta por polvosas sábanas y dominada por un gran espejo de estilo incierto y de turbio reflejo, me siento en un gran sillón individual, mientras ella comienza a hablar frente a mí y noto por primera vez el gato que en el fondo de la sala me observa con relajada expresión, y veo en sus profundos ojos violetas el abismo que me va empujando lenta pero seguramente a apurar esa representación de la que cada vez me convierto en un espectador.



Ha llegado la noche con grandes y cercanos astros por la ventana, la vieja mujer me habla de su muerte hace ya tres meses, y sin embargo aquí está, y yo veo su rostro y su cuerpo lejano sentado en el sillón. Me habla con mirada perdida de lo que es la verdadera tristeza, mientras toma en su marchito pecho a ese gato que trasluce silencio y vacío por en medio de esos ojos violetas. Me asalta de pronto el pensamiento de que ahora conozco el ridículo aspecto de todos los fantasmas, olvidados y atemporales, polvosos.

Un mismo espejo me refleja junto con la habitación y puedo estar seguro de que me ha visto muchas veces, con ese rostro mío pero en diferente forma y en distintos sueños. La mirada distinta y vivaz, y que el día de hoy verá por última vez mí cara, para ser mañana la de alguien que no conocemos.

La mano delgada y pálida del fantasma de la vieja mujer me acerca un vino de una polvosa botella de cristal cortado. Parece una costra de sangre a través del envase, y yo conozco ese su ritual. Me habla de su soledad y de la necesidad de mi compañía, es esa parte del sueño que ya conozco, la de la falsa decisión: morir en el sueño o salir de ahí y evitar ese suicidio para permanecer escuchando profundos conjuros al cielo nocturno junto a la vieja que ahora es un cuerpo seco que morbosamente ha sido colocado en un loveseat arreglado y pintado, como si fuera a despertar en algún momento.

Bebo la costra de sangre directamente de la botella, y comienzo a mirar por la ventana, y después a mi oscuro reflejo, y veo mi cuerpo que reconozco claramente y esa silueta de hombre mayor que adivino que siempre ha sido mía, me miro las manos y, mientras me recuesto en ese sillón, ella comienza a canturrear desde algún lugar del salón que conoce la muerte y la tristeza del olvido en esa vieja casa, que ahora es todas las casas y todas la tristezas. Miro a la calle nocturna como si fuera una pintura, sé que no regresaré ahí, ni a ningún otro lado, y vienen a mí en lenguas olvidadas las finas líneas que arman el secreto máximo del existir, la esencia misma del universo, y veo sus engranes moverse en el cielo y por fin recuerdo el argumento y razón últimos de la cúpula celeste, y los conjuros de la mujer levantan enjambres de visiones que se olvidarán al despertar. Empieza a declinar el color y a crecer las sombras, estoy muriendo en el sueño nuevamente.

Es de mañana levanto la cabeza, y bostezo, el nuevo espejo que no conozco me muestra una cara, que es la alguien que no conozco. Quiero estar en medio del sueño, pero éste que habito pretende ser vigilia que recuerda otro ensueño, en el cual he olvidado. Intento quedarme en la cama, y seguir remontando la corriente. Por favor sol, no me despiertes, no me agites que sólo estoy durmiendo. Soy el otro, el muerto, el que cambia de cara, y que será alguien que no conocemos. Nunca he nacido.

miércoles, 25 de julio de 2007

De regreso a casa


Hace un rato fuimos a enterrar a Papá al pie del árbol donde está su cordón umbilical; así es como se acostumbra por estos lugares. Cuando él nació, enterraron su pedazo de carne junto a un árbol que entonces era apenas un retoño, así su vida nunca estaría separada de la tierra. Ahora el árbol es muy alto y da una sombra muy amplia que parece querer tragarse todo el campo.

Un día comenzó a ponerse mal, estaba muy flaco y muy pálido. Nosotros le hacíamos jugo de naranja para que se mejorara, pero no mejoró y se fue desapareciendo de a poco hasta que terminó en la cama sin poder levantarse.

Casi nadie asistió al entierro, sólo nosotros y unos de sus hermanos que ponían caras como de tristeza, pero yo sé que no era tristeza lo que sentían y es que una vez mi Papá me defendió de ellos, porqué mis primos me estaban fastidiando, y como yo no me aguato, les di unas pedradas y le saqué la sangre a uno de ellos. Me acuerdo que todos gritaban y querían que me castigara pero él no les dio el gusto, por lo menos no frente a sus caras, sino aparte, dónde ellos nunca nos pudieran ver.

Ya llevamos largo rato caminando para la casa, nuestras sombras están muy largas, hasta parece que se quieren regresar al campo dónde ahora está mi Papá y solo puedo escuchar nuestros pies rascando la tierra.

Estamos cerca de la casa, y yo miro a los matorrales para ver si mi Papá está por ahí, esperando que yo lo mire para que se pueda despedir estirando la mano con una sonrisa. Mi abuela dice que algunas veces las ánimas regresan para despedirse de sus seres queridos; yo quiero despedirme de él y verlo llegar por última vez; mi mamá dice que eso no es posible, pero la verdad es que tiene miedo, yo no.

En la casa estamos todos cenando, nadie habla y sólo se escucha que truenan los trastes contra las cucharas. La casa rechina porque afuera hace mucho viento que empuja muy suavecito las ventanas de la casa con un ritmo que yo conozco de memoria muy bien; parece pedir permiso para entrar. Nadie le pone atención, solamente yo me fijo en la puerta, en los ruidos y en el viento.


La puerta se abrió de repente con un empujón muy fuerte. Yo nada más pongo mis manos sobre mis ojos, afuera el cielo está casi negro espolvoreado con manchas plateadas y siento el aire tibio entrar a la cocina. Miro entre mis dedos las estrellas esperando que desaparezcan la noche, pero ellas aún me miran desde sus alturas. Ojalá mi Papá se despidiera de mí.

La corriente tibia de la noche juega con mi pelo haciendo caricias y cosquillas en mis sienes con hojas secas del naranjo, ellas silban voces a mi oído. Me dicen que no tenga miedo. Mi Mamá ha cerrado la puerta mientras se talla los brazos, estoy seguro que nuestras sombras han indicado el camino a Papá, yo sé que ahora tengo que despedirme.

viernes, 13 de abril de 2007

Manos comprometidas.


La luna transparente, mordiendo la roja loma antes del anochecer. Una nerviosa mano atraviesa trémula las falanges de la compañera que con ansiedad no deja ir, ni dejará.

El rítmico estremecimiento del camión de la corrida de las seis de la tarde. Adelante, las siluetas de autómatas que realizan viajes a parajes no explorados, a sus recuerdos y en sus soledades olvidan el movimiento al sur y la serpentina entre la aridez de los montes.

El anochecer y el sonido repetido de las junturas y los chirridos del autobús; la mano asida a la del compañero con inquietud, más que un gesto de cariño o siquiera de apego, se ve entre los asientos como una expresión torpe ante un futuro que se torna inminente. El autobús parece avanzar y las comprometidas manos comunican en su lucha el camino hacia la fatalidad de un interminable barranco.

La música de fondo, apenas audible y en sordina, suena melancólica y vulgar. No alcanzas a ver sus rostros a tu derecha y una fila atrás. Las voces son un tanto más claras cada vez. Una mujer equilibra en su acento una petición, vacila para no terminar estallando en un sonoro chillido que despierte a los demonios en sus ensoñaciones filas adelante. Un hombre, lacónico en exceso, con enfado ataja algunas frases de su compañera con palabras sueltas y sonidos guturales como única respuesta.

Afuera formas extravagantes y fugaces se recortan en el cielo y bajo la luna perlada, suspensa, que boga en el cielo. Son ramas imitando apariciones o apariciones imitando ramas, pero no sabes cuál es la diferencia.

La voz femenina continúa su largo discurrir en abandonada lucha, sus notas se elevan demasiado casi al borde del llanto nuevamente, y como respuesta no tienen más que el ruido sofocado del autobús y la vulgar tonada en sordina en la cabina del conductor. Recuerdas la voz femenina y te duermes soñando intranquilamente un sueño fatigoso como de responsabilidad no cumplida, caes en la lenta e interminable escala de un piano que te saca del sueño, mientras arribas a tu destino.

Abres lentamente tus ojos, y no alcanzas a mirar el rostro de los pasajeros descendiendo por el estrecho pasillo en silenciosa procesión para esconder sus rostros en nocturnos crespones y desaparecer sin dejar pista. Desciendes y miras la ciudad enlutada con esa misma luna elevada y soberbia dominando la noche.

Esperas en la oscuridad inmutable y comienzas a notar la noche cayendo en largas gotas de lluvia mientras buscas algo en tus bolsillos, tal vez unas nerviosas manos para estrechar con angustia.


Al otro lado de la calle se ha abierto una pesada puerta de madera labrada que por sus bisagras rezonga una invitación a entrar. Miras un instante más, y penetras con tu olfato y tu vista la ondulación de la luz del patio interior. Llegan a ti los ecos oxidados de los goznes del columpio en su rítmico movimiento; es el balanceo pausado de niños que abandonan la tierra en cada elevación echando las piernas hacia delante y hacia atrás, y ves sus miradas de obsidiana agrietar la noche y sus vestidos blancos van dejando espesa bruma tras de sí: ahora ya no hay duda, la bruma son prendas raídas dejadas atrás en un juego interminable de una noche de plenilunio.

Recuerdas la calidez de las tardes en el jardín, mirando el juego de luz y sombras en su cuerpo sentado bajo la bugambilia, que mancha de magenta la pared encalada. Cierras los ojos y ves las filas de hormigas subir por sus piernas desapareciendo bajo su falda y dejando la mancha sangrienta de la flor en sus pechos.

Abres los ojos y la presientes nuevamente pasear por el jardín vistiendo ligero y mirando sin mirar. La sigues hasta la pieza mal iluminada con retratos polvorientos de sombras, el aire está infestado con el olor de agua estancada en los muros. Avanzas lentamente al espejo del fondo del salón hasta tenerlo de frente en un lento parpadeo, miras la imagen y solo está la habitación con su barniz de humedad añeja… no encuentras tu rostro en el reflejo tal como lo recordarías en otra ciudad. Tienes un aire de rabiosa expresión que habías el olvidado, sientes unos senos blandos tocando tu hombro y unos dedos nerviosos buscando tu mano para estrecharla en agónico gesto.

Abres la ventana y tu voz, que no reconoces, sale con alas negras, merodea la noche y corona la cruz iluminada de la parroquia, ahora tu alarido se convierte en una oración en tono de blasfemia, escurre por el callejón dando tumbos como ebrio.

Sientes las manos de ella tocando tus hombros y tu cara. Te ha invocado desde el sueño y te habla al oído en voz baja y con expresión apagada, te dice: ¿y a ti, quién te imagina? Su nerviosa mano atraviesa trémula tus falanges con ansiedad, para no dejar ir jamás.

POLVO DEL CAMINO


He venido para sentarme contigo en el zaguán iluminado por el quinqué. Me tomaste a un lado del camino, mientras yo jugaba a ser una sombra alargada al atardecer, que mira la roja loma al morir del día. Mientras caminábamos a casa dijiste que nuestra presencia es un hilo de nostalgia que sale lentamente por en medio del pecho.

Ahora ha anochecido con un cielo de estrellas cercanas, me sacudo el polvo del camino y hago tronar mis pasos en la entrada. Tú padre, te sientas pesadamente en la piedra acostumbrada y con la espalda contra la pared, mientras alargas un largo resuello que intenta reconfortarte.

Ahora en nuestras conversaciones nocturnas me gusta más asentir con pesados silencios, entre las calmas de las conversaciones. Me recuesto en la silla que colocaste para mí y veo directamente el fondo del cielo nocturno, hasta dejarme caer en sus simas. Aquí, en ésta noche, el aire es más claro y menos denso.

Me preguntas que cómo me va ahora que estoy tan lejos, y yo comienzo a platicarte de mi nueva vida en Ojo Ciego:

Pues bien, para llegar hay que descender por un remolino de cerros y vegetación, para finalmente ver en medio de todo la que pequeña villa incrustada al final. Ahí, hay siempre un silencio tenso que penetra en la nuca, muy parecido al chapurreo de conversaciones en la pequeña plaza. Igual pasa en la soledad oscura de la mansión y en la calma ondulante de la humedad de la habitación, que todo lo penetra, y que añeja, se va apoderando lentamente de los sentidos.

En Ojo Ciego, la gente tiene mirada atenta de ave recelosa y marchan todos por sus plazas y jardines al ritmo de una tonada que suena como un tambor destemplado bajo el agua. Los parroquianos de las nocturnas fondas tienen dobles o triples vidas; las jóvenes tantean el aire para no mirar a los recién llegados, que no deben ser mirados.

La primera vez que se llega a Ojo Ciego, se debe rondar por sus estrechas calles con la mirada de quién observa una película muda y vieja. Lentamente para no despertar al sopor de la luz que se cuela apenas por entre los cerros. Y así se va en ésa ciudad, dando rodeos y mirando a velocidad lenta. Se toca pero no se palpa; se saluda con discretas frases y se intenta no existir.

Cuando uno llega a morir en Ojo Ciego, se le llora unos cuantos días, hasta que los deudos olvidan si se ha muerto o si en realidad se ha nacido a la vida triste de esa población. Las vidas y resurrecciones se miden en capas polvosas de un cuadro desteñido de una boda vieja y olvidada. Se vive respirando tierra seca y fina, el alimento es la hoja seca y gris que cae mil veces cada vez sin dejar el lecho de la tierra.


Las viejas mujeres en las iglesias de ruinosas cúpulas cantan sombras y ojos de cristal descolorido de santos abandonados. Ahí, están ahora mismo, cantando sombras desde sus gargantas muertas y apolilladas.

He vuelto contigo padre, al zaguán de la casa y mi plática te va dejando somnoliento y con tus últimas luces en la vigilia me recriminas que en nuestro reencuentro ande así, todo lleno de polvo del camino y te respondo padre, que de ahora en adelante seré únicamente polvo en el camino a Ojo Ciego. Te lo digo en voz baja mientras te vas quedando dormido pensando en el hijo que perdiste, y la luz del quinqué se va extinguiendo con el frío de la madrugada.

Último Naciente.

Turn off your mind relax and float down the stream
It is not dying, it is not dying
Lay down all thoughts, surrender to the void
it is shining, it is shining
J.W.L.
Fueron muy extrañas las condiciones en las que las expediciones desaparecieron una tras otra. Por eso estoy en estos espectrales parajes, donde los rayos del sol no han tocado jamás el lecho del bosque. Siento que nunca ha sido escuchada en estas latitudes la voz humana, y paro mi monólogo por considerarlo sacrílego en la catedral del bosque. Sombras me acompañan y acosan a lo largo del viaje, mordiendo mis tobillos y aferrando mi nuca con su fría cerrazón.
He caminado varias semanas para encontrar sólo reducidos y modestos rastros; en un principio, sólamente encontré informaciones imprecisas y lacónicas de los habitantes de las villas que hace mucho tiempo he dejado atrás, internándome en las profundidades de la montaña. Otras veces, mensajes sin sentido en pedazos viejos de papel, que sin duda corresponden a aquel a quién busco. Uno de ellos, el más enigmático dice con letra trémula: “Masticaré el frío cristal del espejo para acabar con tu figura; ¿existe un descanso más grato?... Mi sombra se expande borrando en su marcha el mundo…”. Tales notas pudieran ser mensajes cifrados, y es que estos parajes están infestados por seres adversos a mi causa.
La noche alcanzó mi andar fatigado por entre los restos de lo que parece ser un antiguo camino, ahora invadido casi en su totalidad por la maleza. Esta marcha se torna cada vez más intolerable, los densos aromas de la noche me asfixian y sepultan mi ánimo. Se vuelve cada vez más imperiosa la idea de que acabo de traspasar las fronteras de un mundo ajeno en el cuál soy un intruso, mi propia presencia me parece una aberración y mi voz una injuria.

No puedo recordar cuándo empezó ésta labor; ahora mi estado físico ha decaído junto con mi ánimo, las fuerzas me abandonan a cada paso que doy y deseo que cada respiro sea el último entre las fauces de ésta noche furtiva. Avanzo maquinalmente hacia una luz trémula delante de mí, es posible que pueda encontrar personas. Al parecer es una fogata.
He necesitado algunas horas para llegar cerca al lugar donde el fuego arde iluminando mi marcha. Los árboles forman un círculo casi perfecto alrededor de la pira. La bestia alerta, que es el bosque, no puede tolerar una presencia humana más, sé que este camino no tiene regreso. El escenario ha sido dispuesto.
Siento el viento soplar hacia oriente moviendo las copas de los árboles que no dejan de parlotear, riendo y suspirando. Tienen una cadencia siniestra y nefasta. Miro al cielo, el espectáculo es cada vez de mayor magnificencia, los cuerpos celestes frente a mí me han magnetizado. Tengo la certeza de que ésta frontera del mundo está habitada sólo por abetos y sus almas, mi propia presencia se torna a cada segundo más abominable.
Acechando como una bestia en largo ayuno, me he detenido en el umbral de las sombras tras un árbol; veo la figura de un hombre de estatura mediana y de una delgadez aterradora que mira absorto danzar las llamas, mientras su cabeza se ladea escuchando su melodía secreta. Pude ver en sus desorbitados ojos la noche y el fuego danzar como una misma cosa. Hay algo familiar en su figura, sus ropas raídas parecen identificarlo como uno de los combatientes a los que busco. Un cambio en su posición me ha permitido ver su rostro que con sorpresa y horror, he podido identificar como mi propio rostro.
Al borde de la histeria me mantengo inmóvil, en tensión cada uno de mis músculos hasta el punto de la ruptura, sólo un momento… sólo un momento más. Un gemido se evade de mi garganta. Ha sido escuchado por el hombre, que con una rabiosa expresión mira al lugar dónde yo me encuentro. Pude ver en su rostro, además de cada una de mis facciones, su mirada desencajada. La contracción de su rostro me ha helado la sangre.

Con las puntas de sus huesudas manos tantea el arma que porta en su costado, se ha puesto de pie con un movimiento de animal en agonía y camina tambaleándose lentamente hacia mí con el arma en su mano. De su garganta salen gruñidos que no podría reconocer como humanos. Exhalando mi propio horror tomo mi daga dando un salto sobre la espectral figura. La lucha ha sido breve pero feroz. Pude dar dos certeros navajazos en el cuello y el pecho de mi contrincante. La calidez de su sangre escurre rápidamente por entre mis manos, y puedo sentir cómo la fuerza de su lucha ha cesado. Me recuesto sobre mi espalada y veo las primeras luces de la madrugada que anuncian al amanecer. Mi sangre escapa de las heridas del pecho y de algún lugar cerca de mi cuello. He recibido dos disparos. No puedo moverme más, siento mi cuerpo enfriarse lentamente y es entonces cuando una de las frases encontradas tiempo atrás, viene a mi mente. Es aquella que con nerviosa letra decía: “Masticaré el frío cristal del espejo para acabar con tu figura, ¿existe un descanso más grato? … Mi sombra se expande borrando en su marcha el mundo”. La mañana ha empezado a sangrar con luces encarnadas pariendo el día, me pregunto si alguien encontrará mis despojos roídos por las bestias de estos abismos, ¿A cuál de los cuerpos que yacen aquí identificarán como el mío? Tal vez ni yo mismo lo sé. Cierro los ojos y me dejo ir. Rubén Tovar.